martes, 22 de febrero de 2011

3 historias de candombe y una gota

Tres de la tarde. Mientras ultimo detalles para que el mostrador de vidrio reciba las delicias del bufete, se me acerca un muchacho serio. Tiene unos treinta, gorra que deja escapar pelo casi largo, jean, zapatillas, barba de días tranquilos y un buzo deportivo. Cuelga de su hombro un tambor. Me pregunta cuando van a tocar la cuerda y le contesto que la feria arranca a las cuatro y tocarán a las siete de la tarde.

-¿Qué si podes guardar el tambor acá? Pero claro compay.

Y lo pusimos debajo de la ventana que recibe la luz de la calle Grecia.

La esquina brilla amarilla, los feriantes se acomodan, los parlantes cantan, las patentes dicen “un auto menos” y no alcanzan las baldosas para la cantidad de pies alegres, inquietos.

Cuatro de la tarde. El loco del tambor esta sentado en el suelo de la esquina de enfrente, claramente esperando algo, alguien, con una coca chiquita que le acompaña. Yo quiero acomodar un intento de muestra de fotografías, cuya estructura es un monstruo de cartón inestable.

Escucho que me chistan desde un auto rojo, entonces me acerco. Seguro Había doblado la calle y se detuvo al ver el tumulto de la feria. Me agacho en cuclillas y empezamos a charlar por la ventanilla con un anciano, de pelo bien corto y rasgos inconfundibles de negro uruguayo. Con la cabeza me señala a su compañera de misma edad y características yoruguas y cuenta, medio en secreto, medio entusiasmado.

-Ella me contó que, el lunes, escuchó tambores en este lugar.

Agrego la doña mientras bajaba a chusmear la feria.

-Mi sobrina vive a una cuadra, venia a visitarla pero aquella tarde ni pase 10 minutos por que me la quede escuchando lo que pasaba en esta esquina.

De mas está especificar que sentires median entre el corazón oriental y los tambores, entonces nos quedamos con Ubaldo hablando y hablando cada vez mas cercanos, como queriendo que la puerta del no existiera a las paginas del cuento que se aproxima.

La compañera de su vida había fallecido 5 años atrás. Vivian en Almagro y 30 años juntos se le vuelven en gotas en los ojos del cuenta, y de quien escuchaba.

Mi brazo, por la ventanilla, en su hombro quiso ser abrazo.

Pero de niño también amo a otra mujercita, hermana de un amigo, entonces los códigos de barrio le impedían el declararse, sin embargo antes de partir a Buenos Aires, ya adolescentes le dejo bien en claro que algún día se casarían, y se despidieron hasta nunca mas. Hoy esa niña se pasea por la feria de la Galpo, petisita sonriente con anteojos coloridos.

-El lunes me paso. Pero a mirar nomás por que me da vergüenza.

De vuelta en el auto los dos se fueron nostálgicos y contentos, y a mi, esta parte del escrito me galopa el pecho desde que sucedió.

Seis de la tarde. Se suceden los números musicales. Pájaro Rojo deja un saldo de 7 enamorados y Negra Lugumba con participación de Bruno Chiodi, 12 voladuras de pelucas en 4 minutos. Una señora de musculosa naranja que se acerco tímidamente empezó a cantar zamba para olvidarte mientras le miro de reojo. Al rato tiene una sprite en la mano y ya sacude el cuerpo. La calle se corta con zarandeo y zapateo. Luego de varias chacareras y zambas el folclore se funde con la cuerda de candombe. El pibe de gorrita ya tiene el tambor cruzándole el corazón y la vecina de naranja baila como desenterrando diablos al fin. Los tambores giran, los repiques encendidos y furiosos culminan una tarde de muchos lugares.

Un rincón pequeño e inesperado, un punto de encuentro, unas historias que parecieran haber acudido a un misterioso llamado que viaja por un canal implícito colectivo. Recuerden las pelis “encuentros cercanos” o “el campo de los sueños” o “el mundo según Wayne 2”.

Once de la mañana. Saco la silla, la mesa, abro el cartel, cuelgo la wiphala en el cartel de Grecia. Pongo el disco de Boom Boom Kid que prepare para la ocasión. Pasa una señora y buen día con sonrisa me pregunta.

-¿Qué actividades van hacer hoy?


por Facu Nívolo

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